23/7/13

Sí, podemos




Había veranos azules cuando éramos niños, era el tiempo detenido, perfecto, por  la ausencia de límites. Era el tiempo de la belleza irrecuperable de la inocencia, cuando todo era, aún, posible. La belleza rotunda de los paraísos perdidos. Cuando todo lo que estaba a nuestro alcance, desde un helado hasta una excursión al río, tenía un sentido mágico por más modesto que fuera.

Ya no hay veranos azules. La madurez significa la consciencia de los límites (del tiempo y de todo), un instante diario de belleza apenas perceptible salvo para nuestros ojos, la sustitución de la magia por la pasión y de la inocencia por la serenidad. Y la certeza de que quedan muy pocas utopías posibles por las que habrá que seguir luchando.

Mi utopía particular tiene mucho que ver con la esperanza. Vivimos un cambio de época que parecía una crisis y es, en realidad, una quiebra profunda en los cimientos de nuestra sociedad. Se desmoronan por inservibles las viejas certezas y emergen incertidumbres y esperanzas. Los cambios de época no son una novedad en la historia de la Humanidad, pero sí son nuevos para la generación o generaciones (tenemos hijos y padres) a las que les toca vivirlos. En mitad de las contradicciones y del conflicto nos encontramos, a veces, desorientados y nos sentimos vulnerables.

En días como estos, en los que las cloacas de la corrupción se desbordan y nos muestran la realidad descarnada de la financiación ilegal del PP con dinero de donantes oscuros a cambio de favores del poder; días en los que sabemos que la prensa, que debería gestionar nuestro derecho a la información, tiene sus propios objetivos a la sombra de algún poder; días en los que tienen mucho poder quienes no han ganado ninguna elección democrática, como Almunia, por ejemplo… en días como estos en los que el paraíso parece más perdido que nunca, la utopía es una pequeña certeza que emerge reciente: “poder” no es sólo un sustantivo, sino también un verbo.

Y como verbo se conjuga con personas, desde dentro hacia fuera, en singular y en plural. 

Y como verbo no requiere adjetivos o adornos, sólo necesita el sujeto para tener sentido. 

Y como verbo su acción es rotunda y clara.

Y esto que parece gramática o poética, es, en realidad, política: el “Sí, se puede”, el “podemos” (nosotros) es el grito más innovador y más lúcido de este cambio de época. Es el grito de la esperanza. Por eso me gusta oírlo y pronunciarlo en la calle.

No volveremos a los veranos azules ni a los paraísos perdidos, pertenecen a la memoria luminosa. Pero podemos construir un mundo habitable a partir de la lucha cotidiana desalojando a quienes consideran el poder como un sustantivo del que apropiarse. Es la belleza irrenunciable de las utopías.

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by Carlos Azagra